el amor deja huellas

El amor deja huellas, no cicatrices

Mi historia comenzó en el año 2008, cuando ingresé a la universidad de mis sueños (la Escuela Julliard en Nueva York). Recuerdo mi llegada. Como de costumbre, muchos te acogerán, otros te rechazaran, pero lo más importante es que siempre conseguirás a personas dispuestas a ser realmente tus amigas. En especial, encontré a un chico de ojos azules, pelo castaño. Les confieso, la verdad, logré quedarme paralizada por un buen tiempo, mi corazón empezó a latir fuertemente, fue algo impresionante al momento de conocerle. No tengo palabras para explicarlo. Me enamoré, es verdad.

Han escuchado un dicho que dice “amor a primera vista”. Pues sí, ese fue mi caso. En una semana de haberle conocido, se fue intensificando mucho más lo que sentía por él y nuestra amistad era más fuerte, pero él aún no notaba en mí el deseo que tenía de abrazarlo y sentir sus labios sobre los míos. El miedo a ser rechazada pudo más que mi corazón.

Pasaban los días, pero él con la misma actitud hacia mí. Mas el sentimiento me estaba pidiendo que le confesara la verdad, hasta que por fin tome la decisión, dije “ya no más con este silencio”.

Fue en mi apartamento. Allí, en ese sofá grande de color rosa, realizando una actividad musical que pude expresarle lo que sentía. Todavía recuerdo ese momento. Ustedes se preguntarán como estaba yo. Les respondo: el corazón se me quería salir, pero lo que él me respondió fue más fuerte, que hizo que mis ojos se aguaran de la alegría. Me dijo que por todo ese tiempo, había y seguía sintiendo lo mismo por mí que yo por él, callando por miedo a que yo no sintiera lo mismo.

Para no irme tan lejos, nos hicimos novios. Al comienzo todo era color de rosa como una ilusión, como el cuento de hadas que imagina toda mujer en su primer relación, pero como en toda historia de amor el tiempo fue el comienzo de las discusiones entre los dos, palabras no vulgares, pero si dolorosas: “nos alejábamos sin esperanza de volver”. Mas esta esperanza se apoderó de nuestro ser, era tan grande nuestro amor que aun en la distancia nos pensábamos, aunque siempre reinaba un poco el orgullo, siendo mentirosos con nosotros mismos sin aceptar la realidad. Sufríamos, para qué mentirles, porque el verdadero amor es sufrido. Asistíamos a la universidad y ni siquiera nos dirigíamos la palabra. Cada quien por su lado, pero a la misma ves en el mismo sentir.

Llegó el tercer semestre y sin hablarle, entonces tome la decisión de salirme de la universidad e irme de la ciudad, pensando en que eso calmaría mi dolor. Pero qué ignorancia era la mía. Se lo conté a una de mis mejores amigas, ella sabía que los dos nos amábamos, aunque no lo reconociéramos, era como el puente de nuestra unión. Entonces, luego de comentarle, se fue de mi lado, sin saber para donde. Volviendo ella, me encuentro con la sorpresa, ese mismo joven simpático que se había robado mi corazón hace un tiempo, estaba presente, su lindo rostro, ¡ah, su nombre! Cristopher. No me dijo nada, solo extendió sus brazos hacia mí, y me abrazo fuertemente.

Juntos, hechos un mar de lágrimas unimos nuestros labios, luego empezamos a dialogar y nos dijimos, ambos nos amamos con el amor verdadero, quien nos podrá separar si estamos enlazados por lazos de amor celestial, pidiéndonos perdón y agradeciéndole a Dios por ser el autor de ese sentimiento tan maravilloso y, sin igual, tomamos la decisión de que aunque hubiera dificultades siempre íbamos a estar juntos.

Amar no significa no tener problemas, amar significa estar unidos aún en ellos, significa dejar huellas, huellas que pueden comenzar como negativas, pero que sean transformadas a positivas por ese mismo amor. Amar significa no dejar cicatrices, sino eliminar la marca de las mismas.

Sólo el amor lo puede todo, créelo, siéntelo y lo verás hecho realidad.

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