Es una pena que desconfíes de mí, porque entonces no tenemos nada

Hacía mucho frío esa tarde y no tardó en hacerse notar en mis huesos. Tenía un ligero dolor en mis rodillas y los músculos de mi espalda estaban tan entumecidos que me daban la sensación de tener todavía encima la mochila cargada. En un intento de querer abrir la puerta de casa apresuradamente las llaves cayeron al piso. Respiré hondo para no auto insultarme, ya había sido demasiado vergonzoso lo de las llaves. En un momento oí una corta risa, lo miré apenas y sus despampanantes dientes se dejaban ver, volteé inmediatamente no quería que viera mi rostro enrojecer más de lo que estaba a causa del frío. Para apagar la sensación de sentirme tonta le hable con el mismo tono que siempre lo hacía al sentirme insegura, el mismo con el que le hablaba todos los días.

– ¿Pasa algo?

– Obviamente no a mí. – Dijo en tono de burla.

– Muy gracioso. – le respondí con el mismo hilo.

Levanté del suelo las llaves y volví a intentarlo exagerando un poco mis pasibles movimientos. La bendita puerta se abrió y entré. Este era un punto importante para mí. Al voltear estaba debajo de umbral, “él” estaba en la puerta de mi casa observándome fijamente. Antes de quedar enredada en su mirada me recordé que debía pensar en frío y al hacerlo caí en la cuenta de que él no iba a entrar a menos que se lo pidiera.

– Adelante. – Acompañé mis palabras con una exagerada reverencia. Él sonrió y contestó con un firme “Gracias” y al hacerlo inclinó su cabeza respondiendo igualmente con una exagerada cortesía.

– Café para dos – el sonido del plato al rozar la loza sonó suavemente.

– Gracias.

Me acomodé en el banco frente a él y aguarde a ver la expresión de su cara al probar el primer sorbo.

Su frente se arrugó para mi placer, me haría la ofendida.

– ¿Qué? ¿Está demasiado fuerte?

– No, esta bien, esta perfecto. Respondió rápidamente

No iba a dejar que todo terminara ahí, le dirigí una mirada tratando de decirle: “eso no es lo que acaba de reflejar tu rostro, como si no fuera obvio” a la cual el respondió enseguida.

– La verdad es que esta todo lo contrario a fuerte, yo diría muy aguado para mi gusto. – Por el modo de expresarse adiviné que no quería parecer descortés.

No pude contener la sonrisa a la vez que tomaba su taza para remplazar el contenido, pero su mano detuvo la mía y la sonrisa se me congeló. Levanté la mirada y vi su rostro serio, enarcó una de sus cejas y al cabo de unos segundos de sus comisuras comenzó a aparecer una sonrisa. Mi corazón latía a mil, sentía que en vez de estar en el centro de mi pecho lo tenía en mi garganta, el contacto de su mano tibia contra mis helados dedos me había impactado más de lo que pude haber imaginado. Al caer en la cuenta del pitido insoportable en mis oídos, caí en la cuenta de la situación. No estaba ofendida en absoluto pero si avergonzada y, desde luego no iba a admitir que estaba asombrada ¿cómo es que siempre se las ingenia para dar vueltas mis bromas y convertirlas en sus victorias? Lo miré fijamente un instante cuando su voz me sacó del letargo.

– ¿Tratas así a todos tus invitados o debo sentirme especial? – Preguntó divertido.

Su pregunta sirvió de estimulante para fastidiarme, movilicé mis dedos debajo de su mano para hacerle saber que estaba incómoda, aunque muy internamente eso era mentira. Retiró su mano pero volvió a tomar la taza.

– No te molestes, voy a tomarlo como está, después de todo creo que debo empezar a acostumbrarme, digamos que mi segmento hepático no es el mismo que en mis épocas de universitario.

Ante su declaración me arrepentí de no haberle dado a elegir qué era lo que deseaba tomar, quizás, y en el caso de que lo hubiese hecho, él hubiera preferido una infusión mas liviana, quizás un té, no lo sabía a ciencia cierta, en realidad cuando se trataba de Gabriel nada era certero y eso me molestaba, ponía a prueba constantemente mi carácter y últimamente me hacía creer que mi temperamento no era tan firme como solía creer antes de conocerlo. A veces me daba cuenta de sentimientos, o acciones que jamás creí tener. Al llegar al tope de ese pensamiento, sacudí mi cabeza como si quisiese sacarlos de ahí, no quería ponerme de mal humor, no se lo merecía, todo lo contrario y por muy en contra de mi pesar, merecía una disculpa pero… no, esas palabras no iban a salir tan fácil de mi boca, por lo que traté de compensar mi comportamiento siendo amable.

– Quizás no deberías tomarlo- volví a tomar la taza fuertemente- te haré algo más suave, ¿un té quizás?- Mi voz sonó tan amable que me sorprendí.

Soltó la taza lentamente lo cual me hizo mirarle, su rostro se mostraba confundido. Al parecer a él también le sonó demasiado amable.

– ¿Sabes? Debería estar acostumbrado ya a tu personalidad bipolar, pero lo que acabas de hacer me sorprende.

Su modo de insultarme sutilmente no hacía fácil la cuestión, pero no iba a darme por vencida, tragué mi orgullo y le respondí irónicamente.

– Gracias, es un extraño halago, pero aun así gracias.

Me dirigí hacia el fregadero para tirar el café, aún podía sentir su mirada sobre mi espalda, lo que me ponía sumamente nerviosa. Pero el tope de mis nervios encendieron la sirena roja cuando el comenzó a hablar, debía haberlo imaginado, Gabriel nunca se quedaba con una respuesta sarcástica.

– Si quisiera decirte un halago, te diría algo como que… me gusta como te queda esa blusa azul, o el color de tus mejillas. Quizá te diría que nunca había visto unos ojos como los tuyos, tienen… algo… algo especial, – sonrió – aunque, la verdad, es muy irónico que tengas esa mirada que no se parece en nada a tu personalidad.

Estaba derrotada, ofendida, sorprendida, vulnerable. Una confusión en mi interior me aplastó de repente ¿en verdad él había dicho esas palabras? No, no eso era absurdo y tomarlo como opción positiva lo era aun más…, entonces, como si hubiera retrocedido el tiempo, las últimas palabras que mencioné resonaron en mi mente, el tono de mi voz fue lo que mas me quedó grabado y entonces caí en la realidad, Gabriel estaba siendo sarcástico, sarcástico hasta el punto de ofenderme. Ya había llegado a su límite, bromear sarcásticamente sobre las actitudes era una cosa y podría tolerarlo a fin de cuentas sabía que él no me conocía como realmente yo era, pero empezar a burlarse de aspectos físicos ¡nunca! Siempre estuve ese respeto hacia los demás y al menos esperaba que se me retribuyera de igual manera. De repente, lo único que se escuchaba en ese instante era el sonido del agua al caer sobre la taza, instintivamente cerré el grifo y me di cuenta de que la rabia había dejado salir a sus pequeñas delatoras que se escurrieron por mis mejillas y cayeron sobre el agua. Me sequé las lágrimas rápidamente con mi puño y respiré hondo, iba a enfrentarlo a él y a esa parte de mí que no quería hacerlo porque eso implicaba alejarlo, y esta vez no habrían disculpas aceptadas. Me volteé y la expresión en su cara cambió bruscamente.

– ¿Elena?…. ¿estás… estás llorando? – su rostro lo delataba, estaba confundido y a la vez asustado. Se paró bruscamente y se acercó a mí, pero retrocedí repentinamente.

– Elena, me estás asustando – dijo. ¿Qué… te pasa? Ante mi silencio se impacientó ¡Elena!

– ¡Pasa que puedes burlarte de mi personalidad todo lo que quieras, puedes decir que soy una amargada, soy enojona, soy fastidiable y hasta puedes decir que soy una insensible, a fin de cuentas no me conoces, pero no voy a permitirte que te burles de mi físicamente, y no es porque sea yo, sino porque nadie se lo merece y realmente me sorprende de que esa actitud viniera de quien menos lo esperaba, porque creí en algún punto de que eras maduro pero nunca imaginé que te rebajaras a tener la actitud de un niño de primaria!

– ¿Qué? Yo nunca…. – Se mostraba confundido ante mi pequeño discurso pero de pronto como si todo hubiese encajado para el, me miró con una sonrisa. – Y a mí me sorprende que hayas tomado las cosas por ese camino.

– ¡No intentes tratar de confundirme, porque ahora vas a conocer que si tengo un carácter firme!

– ¡Eso ya lo se no hace falta que me lo demuestres, y no quiero tratar de confundirte, quiero que mis palabras tengan el mismo sentido para ti como las tienen para mi! No dije eso para ofenderte, todo lo contrario.

– ¡Eres increíble! Todo suena muy razonable, salvo por un pequeño detalle ¡no te creo! – Enfaticé esas palabras porque sabía que serían un detonante contra su orgullo.

Su expresión cambió totalmente, parecía derrotado ante mis palabras, apoyó una mano sobre la mesada, respiró hondo y comenzó a hablar sin mirarme.

– Me gusta como te queda esa blusa porque su color hace que tu piel tenga un aspecto puro, inocente. – Rodeó la mesada y se colocó detrás del asiento que había ocupado instantes atrás, mirando siempre un punto fijo. – Jamás había visto unos ojos como los tuyos con un brillo especial, son tan dulces… y el tono de tus iris marcan una profundidad en ellos que hacen que tenga unas ganas incontrolables de conocer lo que hay detrás, tus… tus ojos te delatan siempre… y la vez confunden tanto… y que decir de tus mejillas cuando se sonrojan- apoyó sus manos sobre el respaldar de la silla y aún sin mirarme tomó la campera que había dejado. – y para ser honesto, la última frase solo la utilicé para no delatarme, después de todo eso es lo que hacemos ambos porque tenemos miedo a reconocer que al descubrirnos quedemos unidos totalmente ¿no es así?- levanto su cabeza y se acercó a mi, me miró fijamente, me dio la sensación de estar luchando consigo mismo, pero su frente crispada me avisó que ya había tomado una decisión – Aunque es una pena que desconfíes de mi, porque entonces no tenemos nada. – depositó un beso en mi frente y salió de la cocina rápidamente.

El golpe en la puerta de entrada me sobresaltó y entonces sus palabras tomaron su peso real en mí, consumiéndome.

Artículos relacionados

2 Responses to “Es una pena que desconfíes de mí, porque entonces no tenemos nada”

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *