Historia de una despedida

“Él sabe que no la volverá a ver”

Allí, parado de frente a ella, él notaba que el andén de los autobuses era enorme. Alrededor de ellos la gente pasaba, algunos con prisa, otros lentamente. Sonrisas, murmullos, ruido en general… Nada de eso parecía aplacar el estruendo que su corazón hacia al palpitar. El sentir el corazón como un enorme dique a punto de desbordarse en lagrimas era una sensación que no era nueva para el, sin embargo no es posible aun acostumbrarse. ¿Quién se acostumbra a que le arranquen un pedazo de alma?

Pensando él, cómo es posible que un amor así de grande, así de inmenso lleno de ilusiones, sueños y esperanzas, planes y ambiciones, se viera cubierto de pronto por la sombra de la incertidumbre, la duda, la desesperanza.

Una voz monótona apenas entendible anuncia las salidas de los autobuses. Ellos siguen viéndose a los ojos, no han puesto atención. Da igual, es obvio que ella no quiere irse y él no quiere quedarse. Faltaba tan poco solo un par de meses primero él y luego ella cumplirían los 18 años. Bendita edad, maldita mayoría de edad, esa edad en la que puedes argumentar tener la madurez física y emocional para tomar alcohol, fumar, trasnocharte en un bar, trabajar sin pedir permiso a tus padres, manejar, viajar al extranjero, comenzar una vida… Lo único que ellos querían era cumplir la mayoría de edad, así podrían casarse y nadie ni nada los separaría. Casados quizá así los dejarían ser, encadenarse el uno al otro por ese hermoso lazo de amor. Encadenarse el uno al otro para poder así, ser ambos libres.

Y no bastaron las buenas intenciones, no bastaron los planes. Nadie entendía por qué no dejarlos vivir. “Son muy jóvenes. Son inmaduros. No saben lo que hacen” ¿Jóvenes? ¿Inmaduros? ¿Acaso hay otra forma de ser a los 17? Claro, se cometen errores y ¿cómo si no es cometiendo errores que se aprende? Pero eso ya qué importa, el haber huido lejos de todos no bastó. El tiempo les ganó, los encontraron y la amenaza de ambas familias por separarlos era inminente. Él accedió a que ella regresara a su casa. Fue la única manera de sentir que ella estaría segura, evitando así la llegada de familiares de ella con la premisa de llevársela a como de lugar. ¿A cómo de lugar? Eso suena a problemas, problemas que se pueden evitar. Maldita madurez, maldito sentido de la responsabilidad. Por qué no huir de nuevo, algún lugar habrá mejor. No. Un asomo de racionalidad los empuja a separarse, con la intención de volver.

– ¿Regresaras por mi? Pregunta ella.

– Claro, iré por ti, con edad reglamentaria, con dinero en las manos y una mochila llena de sueños por cumplir…

Una sonrisa esconde una mueca de tristeza, tristeza que da el darse cuenta de algo. Él sabe que no la volverá a ver, es lo único que pudo cruzar por su mente. Aún así los ojos de ella cristalinos, esta chica sonríe con todo su ser, su pelo amarrado hacia atrás, cero maquillaje -no es necesario para ella-, se ve hermosa, su sudadera blanca y pantalón de mezclilla gris bombacho con bolsas en las piernas tipo cargo, tenis negros y sus manos a la altura de su pecho tras las correas de la mochila que lleva sujetando, sonrisa amplia. Así es como la recordara por siempre, tan pequeña tan traviesa, positiva comiéndose el mundo a puñados. Es ella quien ideó todo, es ella quien los llevó tan lejos, es ella el motivo por el cual el pensó que todo podría suceder, es ella la única luz que apareció en un valle de sombras y le dio algo de sentido a una vida que no quería ser, una vida que se escondía tras una gafas oscuras y una cara de pocos amigos.

El recordó entonces el pasillo de la escuela donde la vio por vez primera, al pagar la primera colegiatura del curso. El mismo tipo de pantalón pero negro y tirantes, una sudadera rosa intenso, calcetas de colores y zapatos tenis negros de botita. Quizá parece raro, pero era la moda. Su pelo negro y mirada traviesa. Él la vio a través de sus gafas oscuras y no le dio mucha importancia, pero ella se dio cuenta. Pronto estaban ya en salón de clase y se vieron, estarían en el mismo curso, donde aprenderían algo mas que números y letras, el aprendería a amar y ella aprendería a soñar, con él…

El claxon ensordecedor de un autobús los saca a ambos de sus pensamientos. Un hombre grita el destino del autobús anunciando la inmediata salida, es la hora.

Nos vemos luego, Cuidate ¿ok? ¡Comes bien!

Así se despidieron. No hubo abrazo eterno, ni miradas suplicantes. No se fundieron en un beso profundo y largo como se ve en las películas, apenas si se tomaron de la mano y el la dejo ir, despacio. Ella se dio la vuelta y caminó hacia el autobús, lentamente, tanto que parecía no avanzar.

“Cuídate mi amor, que logres ser feliz” pensó el y ella subió los escalones del autobús sin voltear atrás. Esa fue la señal que él entendió. Entendió que ella pensaba lo mismo.

El motor del autobús bufó y comenzó a avanzar en reversa, ¿como gritar? ¿Cómo correr atrás de ese monstruo de metal que se lleva lo más valioso? Eso seria sin duda algo infantil y poco maduro. Manos en los bolsillos, él vio alejarse el autobús, hasta que desapareció de su vista, vista nublada que no asomaba la mas mínima señal de lagrimas. No se puede sentir mas, no se puede sentir nada más que una infinita tristeza que camina de la mano con la amargura por ese sendero frio de la desolación. Lento, sin poner atención a su alrededor, sale de la terminal, camina como zombi. Exacto, así es como se siente, como un costal de carne y hueso que vive, pero sin alma. Es tan irreal la gente, tan irreal lo que siente, tan irreal el no sentir las lagrimas atoradas y un grito de desesperación ahogado en su interior. Es irreal. Es irreal.

Entre ruido de autos y el murmullo de la gente al pasar por un puesto de periódico, la radio suena. Quién demonios en esta parte del país, a esta precisa hora, en este preciso momento, escucha a Leonardo Fabio y esa estrofa de la canción: “El cielo se nublo aunque parezca ser azul. Sólo mi tristeza es realidad”.

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