La princesa de espadas

Fue, es, mi primer amor: La Princesa de espadas. Nos conocimos hace mucho tiempo por un amigo en común. Ella siempre me atrajo, cuando la conocí era muy joven en lo que comprende el amor, aún lo soy. Fue hace cinco años más o menos, hoy tengo veinte años y fumo cuarenta cigarros diarios. Fumaba no más de siete en el periodo entre febrero y septiembre del año pasado.

Nuestra relación se desarrolló con más fuerza en el último de esos cinco años. Le dije solo una vez lo que sentía por ella, a crush, en los cuatro años anteriores al último. Como buen hijo del siglo XX occidental, le mande un mensaje de texto, esa noche llore y vomité, estaba ebrio. Después de eso intenté olvidarme de ella y casi lo logro, el último año, donde empezó todo, ella se acerco a mí.

Esto ocurrió en el hogar de mis padres, en un pequeño pueblo a dos horas de la capital. La invite a ella y a algunos amigos más, no tenía intención de que ocurriera algo. Fue en febrero, en mi cama, el resto ya se había ido a dormir. Me dijo que no tenía sueño, que le contara alguna historia. Yo, sin saber que ocurriría más adelante, le hice caso y le conté una historia. Antes de invitar a mis amigos había leído una novela de Michael Connelly, Luz Perdida. A la Princesa de Espadas le presente a Harry Bosch, el detective de la serie de libros de Connelly, le relate Luz Perdida. En el momento que cerré ojos para dormir ella me beso. ¡Tan inocente yo! No me atrevía a actuar, de a poco me fui soltando. Fue el primer beso que significó algo para mí, más allá de lo sexual por lo menos.

Y de pronto… me enamoré, la primera espada había sido desenfundada. De a poco fui aprendiendo a amar, soy un hombre muy cerrado, pero fui capaz de pronunciar esas palabras “te amo”. Después ese “te amo” se transformo en cosas como “te amo todos los minutos que dura la vida” y demás exageraciones de esa índole. Si es que tratándose de amor se le puede llamar exageración. A este punto ya éramos novios, éramos felices, bobos e inocentes.

La trate lo mejor que pude, nunca le mentí (de las peleas que tuvimos esta fue la razón, creo…), en lo sexual no había problema, al contrario. Con ella podía ser yo, le contaba cosas que no le diría a cualquier persona, además de amante, se transformo en la única amiga verdadera que he tenido.

La decadencia de la relación comenzó en agosto, la segunda espada estaba siendo desenfundada poco a poco, en septiembre me la enterró en el pecho. Esta decadencia fue parte de un proceso clásico de las relaciones, simplemente los dos nos llegamos a aburrir. El día anterior al término de la relación pensé en terminarla yo, un amigo me aconsejo que no lo hiciera. Fue ella, lo que partió en mi cama terminó en la de ella. El día siguiente no fui capaz de contestar el celular cuando ella llamaba, unas 20 llamadas perdidas, ella me amó tanto como yo a ella. Pasó a principios de septiembre.

Después del término nos vimos un par de veces más, hicimos el amor esas tardes de soltería. Aún así yo estaba contra la pared amenazado por ya varias espadas, una violenta depresión. Un martes me dijo que quería verme, no podía ese día por asuntos académicos, así que quedamos que sería el próximo martes. El miércoles de esa semana, en la noche, mi sinceridad me mató. Ahogado en angustia le escribí una carta, que recibió vía email, donde contaba cómo me sentía, “me odio por amarte, esta relación nunca debió ser” algunos pasajes decían así. El momento en que escribí la carta sabia que me arrepentiría de haberla mandando.

El día siguiente, jueves, necesitaba verla, después de las clases de la universidad le mande un mensaje diciéndole que iría a verla. Respondió con un “no”, pregunté por qué y no hubo respuesta. Cuando estaba en el metro tren, a dos estaciones de su hogar, la llame para ponerla al tanto de que estaba en camino. Con rabia me dijo que no fuera, que era tarde. Le respondí: no me importa, déjame saludarte, después me voy. Insistió en que no lo hiciera, perdí la paciencia y le dije con su mismo tono: bueno, me devuelvo. Me volvió a llamar, y por mi estado de ánimo, encabronado, le dije que ella no me amaba y cosas así. Todas las espadas que me tenían contra la pared rasgaron mi alma cuando la escuche llorar por el teléfono. Después me dijo que el martes, el día que no la pude ver gracias a la universidad, quería volver a ser mi novia. Imagínate las espadas.

Desde ese día sus ojitos de invierno siguen cerrados para mi (ese era uno de mis apodos para ella, ojitos de invierno). Intente hablarle, cuando la veía en persona no podía aguantar el llanto. En el caso de Internet no podía evitar tocar el tema de forma sombría y tortuosa, todavía no puedo.

Para navidad le regale un Dalí, Tristán e Isolda, acompañado de unos aros y una carta con nada especial, “te deseo lo mejor a pesar de…”. También apuntaba que por favor no pensara que el cuadro era metáfora de cómo me sentía, la única mentira que le he dicho.

Hoy, a más de un año del primer beso, la amo. Extraño las conversaciones a altas horas de la madrugada, las caricias, el sexo. Pero sobre todo, extraño a mi única amiga, la princesa de espadas.

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7 Responses to “La princesa de espadas”

  1. Que horror. Sería realmente feo vivir algo así. Aunque algo parecido me paso. Tú historia fue la que más me gusto

  2. PRIMERO QUE NADA COMO ES POSIBLE QUE FUMES 40 CIGARROS AL DIA QUE TE PASA!!! QUE TE PUEDO DECIR, SI YA ESA RELACION TERMINO HAY QUE OLVIDAR ERES MUY JOVEN Y TENDRAS MAS EXPERIENCIAS, CLARO SI NO TE MUERES DE CANCER DE PULMON ANTES, VERDAD?

  3. Espero poder sentir ese gran amor. Pero somos jovenes asi que tenemos mucho que recorrer aunque creo que es cierto que solo se tiene un amor verdadero, gracias por compartir tu historia.

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