Mi historia comienza hace cuatro años, durante mi primer año en la universidad.
Cuando me habló por primera vez, de inmediato sentí una conexión y una simpatía con él. Nunca había conocido a un muchacho que le gustara charlar sobre libros, cultura general, buena música…en fin, sobre otros temas más profundos que no todos disfrutan discutir. Pero, en especial, a David (así se llama) le agradaba hablarme acerca de su propia vida. Al parecer tenía muchos conflictos con su madre y, una vez, me confesó que tenía complejo de Edipo. Otra cosa extraña en él era que no tenía amigos de su edad, salvo unas muchachas de las que siempre me hablaba. Mencionaba mucho a un tal Naldo que era algo así como “su maestro” en las ideas profundas de las que me hablaba y que, por ser mujer, yo no podía entender del todo.
Bueno, salvo estas rarezas, David parecía ser el chico perfecto, con el que siempre había soñado y, además, era muy guapo. La verdad, jamás albergue esperanzas de que fuéramos algo más que “mejores amigos”, yo nunca había tenido un novio antes y…llegué a pensar que eso era algo imposible para mí; además, por lo que David me dio a entender, no creía en el amor. Además, me agradaba mucho ser su mejor amiga porque podía escucharlo y estar con alguien afín a mí. Pero un día decidimos viajar a un lago cercano a nuestra ciudad sólo los dos.
No sé cómo se nos ocurrió, todo lo hicimos en plan de amigos. Llegamos y lo primero que hicimos fue subirnos a una montaña para ver toda la panorámica, fue muy lindo. Más tarde tomamos un bote hacia una isla, y fue ahí donde se me acerco. Yo no sabía cómo reaccionar, así que no me di por aludida hasta que llegamos al hotel donde íbamos a pasar la noche. Rentamos un cuarto con camas dobles y él me leyó los cuentos que había escrito (yo también escribo y eso me encanto). Entonces, para resumir, se puso frente a mí, me quito los lentes y me dijo que cerrara los ojos…y me besó. Fue mi primer beso y de inmediato nos abrazamos. Yo no podía creer que algo así hubiera sucedido, cuando regresamos a la ciudad comenzamos una relación en secreto.
Al principio todo marchó bien, ambos seguíamos siendo grandes amigos y hacíamos todo juntos en la universidad. Poco a poco empecé a quererlo mucho, pero no me atreví a confesarle nada por las “ideas” que él tenía sobre el amor, pero sentía que él también se estaba enamorando.
Pero, pocos meses después, empezó a actuar muy extraño. Sin razón alguna me ignoraba durante las clases, no hablaba con nadie y, cuando nos veíamos, no hacía más que mencionar los problemas que tenía con su madre y su desprecio por las mujeres en general. Empezó a tener problemas de insomnio, casi no comía y, además, tenía una tristeza y rabia que nadie podía traspasar; ni siquiera yo pese a todos mis esfuerzos.
Mientras transcurrían así los días, empecé a sentirme triste también, se lo conté, pero a él no le importó mucho. Finalmente, me confesó que tenía neurosis, una grave enfermad psicológica que causa mucho dolor tanto a los afectados como a los que los rodean. En ese momento no quise tomarlo en serio, “mi querido David” no podía tener esos problemas y si los tenía podían arreglarse, le di a entender que pasará lo que pasará yo estaría con él.
Un día, sin más, mientras estábamos en la sala de mi casa, se quedó como en trance por varios minutos, para luego irse sin más explicaciones. Me dejó sola y llena de una tristeza que no se la deseo ni a mi peor enemigo. Pasaron varias semanas y él no me llamó ni busco, hasta que lo volví a ver en clases, pasó de largo sin siquiera dirigirme una mirada.
No lo pude soportar más y no volví a clases en dos semanas, luego de las cuales decidí olvidarlo y afrontar que lo que le pasaba era demasiado para soportar (no tienen idea de cuantas groserías y desplantes tuve que aguantar antes de que se fuera de mi casa sin explicación alguna). Entonces, al término de una clase, volvió a hablarme como si nada hubiera sucedido; no se excuso ni me explicó qué le había pasado. Se limitó a decirme que ahora vivía con su padre y su hermano. Al saber que se alejó de su madre, sentí que podía volver a confiar en él. Por todo lo que David me dijo, era ella la causante de sus problemas emocionales.
Así, regresamos, y recomenzamos nuestra relación en secreto, aunque todo el mundo intuía que teníamos algo. Por un par de meses, parecía que el antiguo David, del que me había enamorado, regresó. Volvimos a ser los de antes y, esta vez, le confesé mi amor. Él no quiso creerme, pero a la larga también me confesó que me amaba.
Sin embargo, el día menos pensado volvió a sus anteriores actitudes. Ahora las peleas eran con su padre, los improperios contra las mujeres peores y ni qué decir de sus depresiones e ideas destructivas. Afirmaba que se podía asesinar personas escribiendo cuentos que las hicieran suicidarse, que las mujeres les robaban energía a los hombres con tan sólo demostrarles cariño, que soñaba que le salían plumas y le dolía…en fin, llego al punto en que, depresivo, subió solo a una montaña, cayendo varios metros. Por suerte no se mató, pero estaba muy mal, tanto física como mentalmente. Yo lo dejé todo por estar al pendiente de él, ya no hablaba con mis amigos y sólo salía para la universidad. A la larga, todos los que nos rodeaban creyeron que ambos éramos “bichos raros”; David ya no podía ocultar sus problemas tan bien como antes.
Mi última esperanza era que la raíz de todo no se encontrara en David, porque él no quería saber de ningún tipo de ayuda, sino en ese Naldo, de quien siempre me hablaba. Ya que ambos estudiábamos arqueología, decidimos optar por un trabajo de excavación en las cercanías de un pueblo, donde Naldo estaría (pues él era arqueólogo) laborando también.
Mi intención era enfrentar a este señor, tenía que descubrir que “le estaba haciendo a David”, en un “duelo de ideas” (sí, así de extraño era todo). Pero cuando los tres nos encontramos cara a cara, descubrí que David estaba más enfermo de lo que me había imaginado. Naldo resultó ser una gran persona con un corazón de oro que jamás había expresado odio hacia las mujeres. David le había “plagiado” ideas, conocimientos, gustos musicales e, incluso, recuerdos personales que había hecho pasar por suyos. Hasta sus ademanes eran los mismos, todos los libros y la música que había compartido con él, eran de Naldo, todo excepto esas ideas delirantes de las que ya les hable, es decir, la neurosis.
Sobra decir que Naldo se molestó mucho con él cuando se percató de la verdad. David admitió lo que había hecho y durante el resto del trabajo de campo los síntomas de su neurosis empeoraron, hasta que quiso suicidarse detrás de los restos arqueológicos de una estructura, Naldo tuvo que controlarlo a golpes. No volvimos a hablar desde entonces, David terminó culpándome de “haberle robado a Naldo”, pues éste prefirió hablarme a mí y no a él luego de todos estos líos; si hubo un mal tercio en esta historia, ese fui yo, aunque aún no entiendo exactamente por qué. En realidad, me pareció que yo ya conocía a Naldo a través de David, eran tan extraño pues sabía cuáles eran sus gustos, los cuentos que había escrito, las ideas que tenía respecto a muchas cosas…así de profundo había sido el “plagio” de David, a quien en realidad nunca conocí del todo.
Naldo me confesó que me amaba y realmente me lo ha demostrado de mil maneras, como jamás sucedió con David. Desgraciadamente, Naldo, que es doce años mayor que yo, es una persona que ya ha forjado su camino y, aunque esta libre y sin compromiso, me es imposible amarlo.
En cuanto a David, aún nos vemos en la universidad, aunque se ha rezagado mucho y ya no pasamos clases juntos. Todos los que han hablado con él, incluyendo docentes, me han comentado que ha empeorado. Hasta donde sé, continúa aferrado a su neurosis y, ahora más que nunca, detesta a las mujeres. Algunas veces pienso en él, deseando que un milagro ocurra y me devuelva al muchacho del que me enamoré, pero pienso que, razonablemente, esa posibilidad no existe ya que él no desea curarse y yo, pese a mis esfuerzos, no pude hacer nada por ayudarlo, aunque hubiera dado mi propia cordura por su salud mental. Sólo me resta olvidarlo y esperar que algún vuelva a conectar con alguien que me entienda y que pueda comprender.