Volviendo a casa
Lunes, 8 de Marzo de 2010 por admin
Carmen no era una persona precisamente paciente y los veinte minutos que llevaba esperando la salida de sus maletas en la terminal de aeropuerto se estaban convirtiendo en los más duros de su viaje de vuelta de más de 15 horas desde el Lejano Oriente. Tenía ganas de salir del circuito aséptico y cerrado que forman todos los aviones y aeropuertos del mundo, tenía ganas de dejar de sentirse transportada pero, sobre todo, tenía ganas de ver a Eduardo, que le esperaba ansiosamente a menos de cien metros, al otro lado de la puerta acristalada.
Miraba hacia el agujero por donde trepaban los equipajes con impaciencia y algo de rabia contenida, aunque también regodeándose en el triunfo que suponía estar en aquella situación. Había sido una pruebade amor muy dura, aunque ahora que veía tan cerca el final se daba cuenta de cuánto había merecido la pena.
Empezó a recordar los días que se sentía sola y lo único que necesitaba era encender el ordenador o llamar por teléfono para sentirse querida y apoyada. Las conversaciones trascendentes y las que se tenían por pasar el rato. Las esperanzas para el futuro y todo el tiempo que habían sacrificado para estar juntos en la distancia. Todas las veces que había pensado en él para apoyarse en una sociedad extraña. También le llegó una sonrisa pícara que tuvo que reprimir a duras penas cuando pensó en el ingenio con el que se apañaban para resolver sus necesidades sexuales. Se enorgulleció de su fidelidad y de tener una pareja en la que confiaba tanto como para saber que le era fiel. También se acordó de lo malo y de los agoreros que le pronosticaron la desgracia y se sintió muy orgullosa por haber superado todos los problemas.
Le llegó un mensaje al móvil y supo que era él. Aquello le sacó de sus pensamientos por un momento y le hizo recordar su impaciencia y las ganas que tenía de recoger aquellas maletas.
Fueron cinco minutos interminables hasta que salieron, las montó en el carrito y comenzó a recorrer el último pasillo que le separaba de la salida. La salida de otro pasajero abrió la puerta automática y pudo verle por un momento antes de que se cerrara de nuevo. Entonces sintió que la felicidad le desbordaba y empezó a paladear el momento que se culminó un minuto después.
En el mismo momento en que pudo abrazar a Eduardo, se sintió la mujer más feliz del mundo y deseó con todas sus fuerzas que nada volviera a separarlos.

ta bn ahi dale palante….